BLOGELEUSIS: FILOSOFÍA, y más allá...


Según Walter Burkert, los antiguos misterios "eran rituales de iniciación de carácter voluntario, personal y secreto que aspiraban a un cambio de mentalidad mediante la experiencia de lo sagrado." (Cultos mistéricos antiguos)

Con los decretos imperiales de 391/392, que prohibieron todos los cultos paganos, y con la destrucción de los santuarios por los godos al mando de Alarico en 394, los misterios súbitamente desaparecieron...

¿Desaparecieron? ¿O dejaron de ser algo meramente exterior, para madurar y convertirse en lo que siempre pretendieron ser: una experiencia interior, dirigida a enriquecer al sujeto, y al margen de cualquier formalismo abstracto, vacío?

Este blog -creado precisamente en Madrid, la ciudad situada en el centro, y presidida por la estatua de Cibeles, la Gran Madre- pretende recoger el espíritu de esos misterios, sean los de Eleusis, Dionisos, Méter, Isis o Mitra, y combinarlos con el saber filosófico, para estimular el avance espiritual de aquellos que quieran participar en su creación.

Igual que en las iniciaciones del pasado, habrá en él dos niveles: el preparatorio, en el que se incluirán materiales destinados a los estudiantes de Secundaria y Bachillerato, que acaban de iniciarse en el camino del conocimiento; y el especializado, en el que el autor incluirá temas filosóficos de nivel superior, o situados en los márgenes del pensamiento filosófico "oficial". También se incluirán referencias a sus publicaciones, a fin de que puedan ser localizadas, comentadas, y desde luego criticadas, por aquellos que se encuentren interesados por los problemas a los que dichas publicaciones se refieren.


En estos tiempos que corren, oscilantes entre el dogmatismo fanático de las religiones oficiales y el más burdo de los materialismos, los defensores del auténtico progreso espiritual no pueden desesperar, ni ceder un ápice de terreno. Hoy, como siempre, este ha de ser nuestro lema:

"Fortes viri adversa fortuna probabuntur"

martes, 31 de enero de 2012

Alain de Botton y el Templo de la perspectiva: Un monumento filosófico en plena City de Londres

Filósofo británico propone templo para ateos

LONDRES. El filósofo y escritor Alain De Botton quiere hacer construir un templo dedicado a la vida sobre la Tierra y pensado para los no creyentes, como una catedral laica para celebrar una "nueva forma de ateísimo" que no sea iconoclasta, sino generador de propuestas.

El filósofo y escritor Alain de Botton ha propuesto la creación de un templo de la Tierra. El lugar elegido es la City londinense, entre los tantos monumentos erigidos en nombre del "dios dinero". Según De Botton, es precisamente aquí donde el hombre demuestra haber perdido el sentido de la mesura.

La idea es más que una idea: es una propuesta concreta. De Botton dice haber reunido ya medio millón de libras de un grupo de anónimos constructores, y ahora lanzó una suscripción pública.

Sin embargo, la iniciativa se choca con la dura oposición delos ateos británicos "propiamente dichos", como Richard Dawkins, el autor del best-seller "La ilusión de Dios".

"Los ateos no necesitan templos", afirmó. "Hay modos mejores de gastar esta cantidad de dinero. Se podría por ejemplo mejorarla instrucción laica o construir escuelas no religiosas donde seenseñe a razonar de manera crítica".

Por supuesto De Botton no lo ve así.

"Los templos, habitualmente, son erigidos para Jesús, la Virgen María o Buda", explicó a la prensa británica. "Pero en realidad se puede construir un templo en homenaje a cualquier fuerza buena y positiva como el amor, la amistad, la quietud. Debido a Dawkins y Christopher Hitchens el ateísmo fue visto como un elemento destructivo, pero la verdad es que el mundo está lleno de personas que no creen, y sin embargo no son hostiles frente a la religión", agregó.

Más aún, la intención de De Botton es precisamente tomar "prestado" el efecto "desaliento" que está en la base de todas las religiones para ayudar a la gente a recuperar una justa perspectiva en la vida de todos los días.

Así, la sensación que deberían tener los no creyentes alentrar en el "Templo de la Vida" sería semejante a "aventurarse discretamente en la catedral de Ely".   

Es decir, "uno debería sentirse pequeño pero no de modo intimidatorio". El proyecto para llegar al objetivo ya estálisto: una torre de 46 metros de altura, sin techo, y por lotanto expuesta a los elementos.

En su interior, cada centímetro representará un plazo de tiempo de un millón de años, y una banda de oro indicará qué exiguo es el tiempo pasado por el hombre sobre la Tierra, en confrontación con el Todo.

Las paredes externas, en cambio, serán decoradas con uncódigo binario que corresponde al genoma humano.

Entre los religiosos, la propuesta de De Botton suscitó reacciones mixtas. Para Katherine Rumes, de la iglesia de St. Giles en el barrio de Barbican - el área de la City donde es probable que se levante el templo - el "desaliento" no es base suficiente: "También hace falta un sentimiento de pertenencia y de sentirse reconfortado".

El reverendo George Pitcher, también anglicano y ex consultordel arzobispo de Canterbury, se dijo en cambio entusiasta: "Construir un monumento reconoce el hecho de que somos solo polvo. Que se llegue a esta conclusión a través de un razonamiento laico o gracias a una narrativa religiosa no cambia nada. Se trata del mismo punto de partida".

Más información en:





viernes, 27 de enero de 2012

1º de Bachillerato: Nietzsche y la teoría perspectivista de la verdad



Friedrich Nietzsche

Sobre verdad y mentira en sentido extramoral
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En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero, si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo. Nada hay en la naturaleza, por despreciable e insignificante que sea, que, al más pequeño soplo de aquel poder del conocimiento, no se infle inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuerda quiere tener su admirador, el más soberbio de los hombres, el filósofo, está completamente convencido de que, desde todas partes, los ojos del universo tienen telescópicamente puesta su mirada en sus obras y pensamientos.
Es digno de nota que sea el intelecto quien así obre, él que, sin embargo, sólo ha sido añadido precisamente como un recurso de los seres más infelices, delicados y efímeros, para conservarlos un minuto en la existencia, de la cual, por el contrario, sin ese aditamento tendrían toda clase de motivos para huir tan rápidamente como el hijo de Lessing. Ese orgullo, ligado al conocimiento y a la sensación, niebla cegadora colocada sobre los ojos y los sentidos de los hombres, los hace engañarse sobre el valor de la existencia, puesto que aquél proporciona la más aduladora valoración sobre el conocimiento mismo. Su efecto más general es el engaño —pero también los efectos más particulares llevan consigo algo del mismo carácter—.
El intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que éste es el medio, merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos, como aquellos a quienes les ha sido negado servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos, o de la afilada dentadura del animal de rapiña. En los hombres alcanza su punto culminante este arte de fingir; aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la escenificación ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad. Se encuentran profundamente sumergidos en ilusiones y ensueños; su mirada se limita a deslizarse sobre la superficie de las cosas y percibe “formas”, su sensación no conduce en ningún caso a la verdad, sino que se contenta con recibir estímulos, como si jugase a tantear el dorso de las cosas. Además, durante toda una vida, el hombre se deja engañar por la noche en el sueño, sin que su sentido moral haya tratado nunca de impedirlo, mientras que parece que ha habido hombres que, a fuerza de voluntad, han conseguido eliminar los ronquidos. En realidad, ¿qué sabe el hombre de sí mismo? ¿Sería capaz de percibirse a sí mismo, aunque sólo fuese por una vez, como si estuviese tendido en una vitrina iluminada? ¿Acaso no le oculta la naturaleza la mayor parte de las cosas, incluso su propio cuerpo, de modo que, al margen de las circunvoluciones de sus intestinos, del rápido flujo de su circulación sanguínea, de las complejas vibraciones de sus fibras, quede desterrado y enredado en una conciencia soberbia e ilusa? Ella ha tirado la llave, y ¡ay de la funesta curiosidad que pudiese mirar fuera a través de una hendidura del cuarto de la conciencia y vislumbrase entonces que el hombre descansa sobre la crueldad, la codicia, la insaciabilidad, el asesinato, en la indiferencia de su ignorancia y, por así decirlo, pendiente en sus sueños del lomo de un tigre! ¿De dónde procede en el mundo entero, en esta constelación, el impulso hacia la verdad?  
En un estado natural de las cosas, el individuo, en la medida en que se quiere mantener frente a los demás individuos, utiliza el intelecto y la mayor parte de las veces solamente para fingir, pero, puesto que el hombre, tanto por la necesidad como por hastío, desea existir en sociedad y gregariamente, precisa de un tratado de paz y, de acuerdo con este, procura que, al menos, desaparezca de su mundo el más grande bellum omnium contra omnes. Este tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer paso para la consecución de ese misterioso impulso hacia la verdad. En este mismo momento se fija lo que a partir de entonces ha de ser “verdad”, es decir, se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira. El mentiroso utiliza las designaciones válidas, las palabras, para hacer aparecer lo irreal como real; dice, por ejemplo, “soy rico” cuando la designación correcta para su estado sería justamente “pobre”. Abusa de las convenciones consolidadas haciendo cambios discrecionales, cuando no invirtiendo los nombres. Si hace esto de manera interesada y que además ocasione perjuicios, la sociedad no confiará ya más en él y, por este motivo, lo expulsará de su seno. Por eso los hombres no huyen tanto de ser engañados como de ser perjudicados mediante el engaño; en este estadio tampoco detestan en rigor el embuste, sino las consecuencias perniciosas, hostiles, de ciertas clases de embustes. El hombre nada más que desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos. Y, además, ¿qué sucede con esas convenciones del lenguaje? ¿Son quizá productos del conocimiento, del sentido de la verdad? ¿Concuerdan las designaciones y las cosas? ¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades?  
Solamente mediante el olvido puede el hombre alguna vez llegar a imaginarse que está en posesión de una “verdad” en el grado que se acaba de señalar. Si no se contenta con la verdad en forma de tautología, es decir, con conchas vacías, entonces trocará continuamente ilusiones por verdades. ¿Qué es una palabra? La reproducción en sonidos de un impulso nervioso. Pero inferir además a partir del impulso nervioso la existencia de una causa fuera de nosotros, es ya el resultado de un uso falso e injustificado del principio de razón. ¡Cómo podríamos decir legítimamente, si la verdad fuese lo único decisivo en la génesis del lenguaje, si el punto de vista de la certeza lo fuese también respecto a las designaciones, cómo, no obstante, podríamos decir legítimamente: la piedra es dura, como si además captásemos lo “duro” de otra manera y no solamente como una excitación completamente subjetiva! Dividimos las cosas en géneros, caracterizamos el árbol como masculino y la planta como femenino: ¡qué extrapolación tan arbitraria! ¡A qué altura volamos por encima del canon de la certeza! Hablamos de una “serpiente”: la designación cubre solamente el hecho de retorcerse; podría, por tanto, atribuírsele también al gusano. ¡Qué arbitrariedad en las delimitaciones! ¡Qué parcialidad en las preferencias, unas veces de una propiedad de una cosa, otras veces de otra! Los diferentes lenguajes, comparados unos con otros, ponen en evidencia que con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una expresión adecuada pues, en caso contrario, no habría tantos lenguajes. La “cosa en sí” (esto sería justamente la verdad pura, sin consecuencias) es totalmente inalcanzable y no es deseable en absoluto para el creador del lenguaje. Éste se limita a designar las relaciones de las cosas con respecto a los hombres y para expresarlas apela a las metáforas más audaces. ¡En primer lugar, un impulso nervioso extrapolado en una imagen! Primera metáfora. ¡La imagen transformada de nuevo en un sonido! Segunda metáfora. Y, en cada caso, un salto total desde una esfera a otra completamente distinta. Se podría pensar en un hombre que fuese completamente sordo y jamás hubiera tenido ninguna sensación sonora ni musical; del mismo modo que un hombre de estas características se queda atónito ante las figuras acústicas de Chladni en la arena, descubre su causa en las vibraciones de la cuerda y jurará entonces que, en adelante, no se puede ignorar lo que los hombres llaman “sonido”, así nos sucede a todos nosotros con el lenguaje. Creemos saber algo de las cosas mismas cuando hablamos de árboles, colores, nieve y flores y no poseemos, sin embargo, más que metáforas de las cosas que no corresponden en absoluto a las esencias primitivas. Del mismo modo que el sonido configurado en la arena, la enigmática x de la cosa en sí se presenta en principio como impulso nervioso, después como figura, finalmente como sonido. Por tanto, en cualquier caso, el origen del lenguaje no sigue un proceso lógico, y todo el material sobre el que, y a partir del cual, trabaja y construye el hombre de la verdad, el investigador, el filósofo, procede, si no de las nubes, en ningún caso de la esencia de las cosas.
Pero pensemos especialmente en la formación de los conceptos. Toda palabra se convierte de manera inmediata en concepto en tanto que justamente no ha de servir para la experiencia singular y completamente individualizada a la que debe su origen, por ejemplo, como recuerdo, sino que debe encajar al mismo tiempo con innumerables experiencias, por así decirlo, más o menos similares, jamás idénticas estrictamente hablando; en suma, con casos puramente diferentes. Todo concepto se forma por equiparación de casos no iguales. Del mismo modo que es cierto que una hoja no es igual a otra, también es cierto que el concepto hoja se ha formado al abandonar de manera arbitraria esas diferencias individuales, al olvidar las notas distintivas, con lo cual se suscita entonces la representación, como si en la naturaleza hubiese algo separado de las hojas que fuese la “hoja”, una especie de arquetipo primigenio a partir del cual todas las hojas habrían sido tejidas, diseñadas, calibradas, coloreadas, onduladas, pintadas, pero por manos tan torpes, que ningún ejemplar resultase ser correcto y fidedigno como copia fiel del arquetipo. Decimos que un hombre es “honesto”. ¿Por qué ha obrado hoy tan honestamente?, preguntamos. Nuestra respuesta suele ser así: a causa de su honestidad. ¡La honestidad! Esto significa a su vez: la hoja es la causa de las hojas. Ciertamente no sabemos nada en absoluto de una cualidad esencial, denominada “honestidad”, pero sí de una serie numerosa de acciones individuales, por lo tanto desemejantes, que igualamos olvidando las desemejanzas, y, entonces, las denominamos acciones honestas; al final formulamos a partir de ellas una qualitas occulta con el nombre de “honestidad”.
La omisión de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo modo que también nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni conceptos, así como tampoco ningún tipo de géneros, sino solamente una x que es para nosotros inaccesible e indefinible. También la oposición que hacemos entre individuo y especie es antropomórfica y no procede de la esencia de las cosas, aun cuando tampoco nos aventuramos a decir que no le corresponde: en efecto, sería una afirmación dogmática y, en cuanto tal, tan demostrable como su contraria.
¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.
No sabemos todavía de dónde procede el impulso hacia la verdad, pues hasta ahora solamente hemos prestado atención al compromiso que la sociedad establece para existir: ser veraz, es decir, utilizar las metáforas usuales; por tanto, solamente hemos prestado atención, dicho en términos morales, al compromiso de mentir de acuerdo con una convención firme, mentir borreguilmente, de acuerdo con un estilo vinculante para todos. Ciertamente, el hombre se olvida de que su situación es ésta; por tanto, miente de la manera señalada inconscientemente y en virtud de hábitos seculares —y precisamente en virtud de esta inconsciencia, precisamente en virtud de este olvido, adquiere el sentimiento de la verdad—. A partir del sentimiento de estar comprometido a designar una cosa como “roja”, otra como “fría” y una tercera como “muda”, se despierta un movimiento moral hacia la verdad; a partir del contraste del mentiroso, en quien nadie confía y a quien todo el mundo excluye, el hombre se demuestra a sí mismo lo honesto, lo fiable y lo provechoso de la verdad. En ese instante, el hombre pone sus actos como ser racional bajo el dominio de las abstracciones; ya no tolera más el ser arrastrado por las impresiones repentinas, por las intuiciones; generaliza en primer lugar todas esas impresiones en conceptos más descoloridos, más fríos, para uncirlos al carro de su vida y de su acción. Todo lo que eleva al hombre por encima del animal depende de esa capacidad de volatilizar las metáforas intuitivas en un esquema; en suma, de la capacidad de disolver una figura en un concepto. En el ámbito de esos esquemas es posible algo que jamás podría conseguirse bajo las primitivas impresiones intuitivas: construir un orden piramidal por castas y grados; instituir un mundo nuevo de leyes, privilegios, subordinaciones y delimitaciones, que ahora se contrapone al otro mundo de las primitivas impresiones intuitivas como lo más firme, lo más general, lo mejor conocido y lo más humano y, por tanto, como una instancia reguladora e imperativa. Mientras que toda metáfora intuitiva es individual y no tiene otra idéntica y, por tanto, sabe siempre ponerse a salvo de toda clasificación, el gran edificio de los conceptos ostenta la rígida regularidad de un columbarium romano e insufla en la lógica el rigor y la frialdad peculiares de la matemática. Aquel a quien envuelve el hálito de esa frialdad, se resiste a creer que también el concepto, óseo y octogonal como un dado y, como tal, versátil, no sea más que el residuo de una metáfora, y que la ilusión de la extrapolación artística de un impulso nervioso en imágenes es, si no la madre, sí sin embargo la abuela de cualquier concepto. Ahora bien, dentro de ese juego de dados de los conceptos se denomina “verdad” al uso de cada dado según su designación; contar exactamente sus puntos, formar las clasificaciones correctas y no violar en ningún caso el orden de las castas ni la sucesión jerárquica. Así como los romanos y los etruscos dividían el cielo mediante rígidas líneas matemáticas y conjuraban en ese espacio así delimitado, como en un templum, a un dios, cada pueblo tiene sobre él un cielo conceptual semejante matemáticamente repartido y en esas circunstancias entiende por mor de la verdad, que todo dios conceptual ha de buscarse solamente en su propia esfera. Cabe admirar en este caso al hombre como poderoso genio constructor, que acierta a levantar sobre cimientos inestables y, por así decirlo, sobre agua en movimiento una catedral de conceptos infinitamente compleja: ciertamente, para encontrar apoyo en tales cimientos debe tratarse de un edificio hecho como de telarañas, suficientemente liviano para ser transportado por las olas, suficientemente firme para no desintegrarse ante cualquier soplo de viento. Como genio de la arquitectura el hombre se eleva muy por encima de la abeja: ésta construye con la cera que recoge de la naturaleza; aquél, con la materia bastante más delicada de los conceptos que, desde el principio, tiene que fabricar por sí mismo. Aquí él es acreedor de admiración profunda —pero no ciertamente por su inclinación a la verdad, al conocimiento puro de las cosas—. Si alguien esconde una cosa detrás de un matorral, a continuación la busca en ese mismo sitio y, además, la encuentra, no hay mucho de qué vanagloriarse en esa búsqueda y ese descubrimiento; sin embargo, esto es lo que sucede con la búsqueda y descubrimiento de la “verdad” dentro del recinto de la razón. Si doy la definición de mamífero y a continuación, después de haber examinado un camello, declaro: “he aquí un mamífero”, no cabe duda de que con ello se ha traído a la luz una nueva verdad, pero es de valor limitado; quiero decir; es antropomórfica de cabo a rabo y no contiene un solo punto que sea “verdadero en sí”, real y universal, prescindiendo de los hombres. El que busca tales verdades en el fondo solamente busca la metamorfosis del mundo en los hombres; aspira a una comprensión del mundo en tanto que cosa humanizada y consigue, en el mejor de los casos, el sentimiento de una asimilación. Del mismo modo que el astrólogo considera a las estrellas al servicio de los hombres y en conexión con su felicidad y con su desgracia, así también un investigador tal considera que el mundo en su totalidad está ligado a los hombres; como el eco infinitamente repetido de un sonido original, el hombre; como la imagen multiplicada de un arquetipo, el hombre. Su procedimiento consiste en tomar al hombre como medida de todas las cosas; pero entonces parte del error de creer que tiene estas cosas ante sí de manera inmediata,como objetos puros. Por tanto, olvida que las metáforas intuitivas originales no son más que metáforas y las toma por las cosas mismas.
Sólo mediante el olvido de este mundo primitivo de metáforas, sólo mediante el endurecimiento y petrificación de un fogoso torrente primordial compuesto por una masa de imágenes que surgen de la capacidad originaria de la fantasía humana, sólo mediante la invencible creencia en que este sol, esta ventana, esta mesa son una verdad en sí, en resumen: gracias solamente al hecho de que el hombre se olvida de sí mismo como sujeto y, por cierto, como sujeto artísticamente creador, vive con cierta calma, seguridad y consecuencia; si pudiera salir, aunque sólo fuese un instante, fuera de los muros de esa creencia que lo tiene prisionero, se terminaría en el acto su “conciencia de sí mismo”. Le cuesta trabajo reconocer ante sí mismo que el insecto o el pájaro perciben otro mundo completamente diferente al del hombre y que la cuestión de cuál de las dos percepciones del mundo es la correcta carece totalmente de sentido, ya que para decidir sobre ello tendríamos que medir con la medida de la percepción correcta, es decir, con una medida de la que no se dispone. Pero, por lo demás, la “percepción correcta” —es decir, la expresión adecuada de un objeto en el sujeto— me parece un absurdo lleno de contradicciones, puesto que entre dos esferas absolutamente distintas, como lo son el sujeto y el objeto, no hay ninguna causalidad, ninguna exactitud, ninguna expresión, sino, a lo sumo, una conducta estética, quiero decir: un extrapolar alusivo, un traducir balbuciente a un lenguaje completamente extraño, para lo que, en todo caso, se necesita una esfera intermedia y una fuerza mediadora, libres ambas para poetizar e inventar. La palabra “fenómeno” encierra muchas seducciones, por lo que, en lo posible, procuro evitarla, puesto que no es cierto que la esencia de las cosas se manifieste en el mundo empírico. Un pintor que careciese de manos y quisiera expresar por medio del canto el cuadro que ha concebido, revelará siempre, en ese paso de una esfera a otra, mucho más sobre la esencia de las cosas que en el mundo empírico. La misma relación de un impulso nervioso con la imagen producida no es, en sí, necesaria; pero cuando la misma imagen se ha producido millones de veces y se ha transmitido hereditariamente a través de muchas generaciones de hombres, apareciendo finalmente en toda la humanidad como consecuencia cada vez del mismo motivo, acaba por llegar a tener para el hombre el mismo significado que si fuese la única imagen necesaria, como si la relación del impulso nervioso original con la imagen producida fuese una relación de causalidad estricta; del mismo modo que un sueño eternamente repetido sería percibido y juzgado como algo absolutamente real. Pero el endurecimiento y la petrificación de una metáfora no garantizan para nada en absoluto la necesidad y la legitimación exclusiva de esta metáfora.
Sin duda, todo hombre que esté familiarizado con tales consideraciones ha sentido una profunda desconfianza hacia todo idealismo de este tipo, cada vez que se ha convencido con la claridad necesaria de la consecuencia, ubicuidad e infalibilidad de las leyes de la naturaleza; y ha sacado esta conclusión: aquí, cuanto alcanzamos en las alturas del mundo telescópico y en los abismos del mundo microscópico, todo es tan seguro, tan elaborado, tan infinito, tan regular, tan exento de lagunas; la ciencia cavará eternamente con éxito en estos pozos, y todo lo que encuentre habrá de concordar entre sí y no se contradirá. Qué poco se asemeja esto a un producto de la imaginación; si lo fuese, tendría que quedar al descubierto en alguna parte de la apariencia y la irrealidad. Al contrario, cabe decir por lo pronto que, si cada uno de nosotros tuviese una percepción sensorial diferente, podríamos percibir unas veces como pájaros, otras como gusanos, otras como plantas, o si alguno de nosotros viese el mismo estímulo como rojo, otro como azul e incluso un tercero lo percibiese como un sonido, entonces nadie hablaría de tal regularidad de la naturaleza, sino que solamente se la concebiría como una creación altamente subjetiva. Entonces, ¿qué es, en suma, para nosotros una ley de la naturaleza? No nos es conocida en sí, sino solamente por sus efectos, es decir, en sus relaciones con otras leyes de la naturaleza que, a su vez, sólo nos son conocidas como sumas de relaciones. Por consiguiente, todas esas relaciones no hacen más que remitir continuamente unas a otras y nos resultan completamente incomprensibles en su esencia; en realidad sólo conocemos de ellas lo que nosotros aportamos: el tiempo, el espacio, por tanto las relaciones de sucesión y los números. Pero todo lo maravilloso, lo que precisamente nos asombra de las leyes de la naturaleza, lo que reclama nuestra explicación y lo que podría introducir en nosotros la desconfianza respecto al idealismo, reside única y exclusivamente en el rigor matemático y en la inviolabilidad de las representaciones del espacio y del tiempo. Sin embargo, esas nociones las producimos en nosotros y a partir de nosotros con la misma necesidad que la araña teje su tela; si estamos obligados a concebir todas las cosas solamente bajo esas formas, entonces no es ninguna maravilla el que, a decir verdad, sólo captemos en todas las cosas precisamente esas formas, puesto que todas ellas deben llevar consigo las leyes del número, y el número es precisamente lo más asombroso de las cosas. Toda la regularidad de las órbitas de los astros y de los procesos químicos, regularidad que tanto respeto nos infunde, coincide en el fondo con aquellas propiedades que nosotros introducimos en las cosas, de modo que, con esto, nos infundimos respeto a nosotros mismos. En efecto, de aquí resulta que esta producción artística de metáforas con la que comienza en nosotros toda percepción, supone ya esas formas y, por tanto, se realizará en ellas; sólo por la sólida persistencia de esas formas primigenias resulta posible explicar el que más tarde haya podido construirse sobre las metáforas mismas el edificio de los conceptos. Este edificio es, efectivamente, una imitación, sobre la base de las metáforas, de las relaciones de espacio, tiempo y número.  

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Como hemos visto, en la construcción de los conceptos trabaja originariamente el lenguaje; más tarde la ciencia. Así como la abeja construye las celdas y, simultáneamente, las rellena de miel, del mismo modo la ciencia trabaja inconteniblemente en ese gran columbarium de los conceptos, necrópolis de las intuiciones; construye sin cesar nuevas y más elevadas plantas, apuntala, limpia y renueva las celdas viejas y, sobre todo, se esfuerza en llenar ese colosal andamiaje que desmesuradamente ha apilado y en ordenar dentro de él todo el mundo empírico, es decir, el mundo antropomórfico. Si ya el hombre de acción ata su vida a la razón y a los conceptos para no verse arrastrado y no perderse a sí mismo, el investigador construye su choza junto a la torre de la ciencia para que pueda servirle de ayuda y encontrar él mismo protección bajo ese baluarte ya existente. De hecho necesita protección, puesto que existen fuerzas terribles que constantemente le amenazan y que oponen a la verdad científica “verdades” de un tipo completamente diferente con las más diversas etiquetas.  
Ese impulso hacia la construcción de metáforas, ese impulso fundamental del hombre del que no se puede prescindir ni un solo instante, pues si así se hiciese se prescindiría del hombre mismo, no queda en verdad sujeto y apenas si domado por el hecho de que con sus evanescentes productos, los conceptos, resulta construido un nuevo mundo regular y rígido que le sirve de fortaleza. Busca un nuevo campo para su actividad y otro cauce y lo encuentra en el mito y, sobre todo, en el arte. Confunde sin cesar las rúbricas y las celdas de los conceptos introduciendo de esta manera nuevas extrapolaciones, metáforas y metonimias; continuamente muestra el afán de configurar el mundo existente del hombre despierto, haciéndolo tan abigarradamente irregular, tan inconsecuente, tan inconexo, tan encantador y eternamente nuevo, como lo es el mundo de los sueños. En sí, ciertamente, el hombre despierto solamente adquiere conciencia de que está despierto por medio del rígido y regular tejido de los conceptos y, justamente por eso, cuando en alguna ocasión un tejido de conceptos es desgarrado de repente por el arte llega a creer que sueña. Tenía razón Pascal cuando afirmaba que, si todas las noches nos sobreviniese el mismo sueño, nos ocuparíamos tanto de él como de las cosas que vemos cada día: “Si un artesano estuviese seguro de que sueña cada noche, durante doce horas completas, que es rey, creo —dice Pascal— que sería tan dichoso como un rey que soñase todas las noches durante doce horas que es artesano”. La diurna vigilia de un pueblo míticamente excitado, como el de los antiguos griegos, es, de hecho, merced al milagro que se opera de continuo, tal y como el mito supone, más parecida al sueño que a la vigilia del pensador científicamente desilusionado. Si cada árbol puede hablar como una ninfa, o si un dios, bajo la apariencia de un toro, puede raptar doncellas, si de pronto la misma diosa Atenea puede ser vista en compañía de Pisístrato recorriendo las plazas de Atenas en un hermoso tiro —y esto el honrado ateniense lo creía—, entonces, en cada momento, como en sueños, todo es posible y la naturaleza entera revolotea alrededor del hombre como si solamente se tratase de una mascarada de los dioses, para quienes no constituiría más que una broma el engañar a los hombres bajo todas las figuras.
Pero el hombre mismo tiene una invencible inclinación a dejarse engañar y está como hechizado por la felicidad cuando el rapsoda le narra cuentos épicos como si fuesen verdades, o cuando en una obra de teatro el cómico, haciendo el papel de rey, actúa más regiamente que un rey en la realidad. El intelecto, ese maestro del fingir, se encuentra libre y relevado de su esclavitud habitual tanto tiempo como puede engañar sin causar daño, y en esos momentos celebra sus Saturnales. Jamás es tan exuberante, tan rico, tan soberbio, tan ágil y tan audaz: poseído de placer creador, arroja las metáforas sin orden alguno y remueve los mojones de las abstracciones de tal manera que, por ejemplo, designa el río como el camino en movimiento que lleva al hombre allí donde habitualmente va. Ahora ha arrojado de sí el signo de la servidumbre; mientras que antes se esforzaba con triste solicitud en mostrar el camino y las herramientas a un pobre individuo que ansía la existencia y se lanza, como un siervo, en buscar de presa y botín para su señor, ahora se ha convertido en señor y puede borrar de su semblante la expresión de indigencia. Todo lo que él hace ahora conlleva, en comparación con sus acciones anteriores, el fingimiento, lo mismo que las anteriores conllevaban la distorsión. Copia la vida del hombre, pero la toma como una cosa buena y parece darse por satisfecho con ella. Ese enorme entramado y andamiaje de los conceptos al que de por vida se aferra el hombre indigente para salvarse, es solamente un armazón para el intelecto liberado y un juguete para sus más audaces obras de arte y, cuando lo destruye, lo mezcla desordenadamente y lo vuelve a juntar irónicamente, uniendo lo más diverso y separando lo más afín, pone de manifiesto que no necesita de aquellos recursos de la indigencia y que ahora no se guía por conceptos, sino por intuiciones. No existe ningún camino regular que conduzca desde esas intuiciones a la región de los esquemas espectrales, las abstracciones; la palabra no está hecha para ellas, el hombre enmudece al verlas o habla en metáforas rigurosamente prohibidas o mediante concatenaciones conceptuales jamás oídas, para corresponder de un modo creador, aunque sólo sea mediante la destrucción y el escarnio de los antiguos límites conceptuales, a la impresión de la poderosa intuición actual.
Hay períodos en los que el hombre racional y el hombre intuitivo caminan juntos; el uno angustiado ante la intuición, el otro mofándose de la abstracción; es tan irracional el último como poco artístico el primero. Ambos ansían dominar la vida: éste sabiendo afrontar las necesidades más imperiosas mediante previsión, prudencia y regularidad; aquél sin ver, como “héroe desbordante de alegría”, esas necesidades y tomando como real solamente la vida disfrazada de apariencia y belleza. Allí donde el hombre intuitivo, como en la Grecia antigua, maneja sus armas de manera más potente y victoriosa que su adversario, puede, si las circunstancias son favorables, configurar una cultura y establecer el dominio del arte sobre la vida; ese fingir, ese rechazo de la indigencia, ese brillo de las intuiciones metafóricas y, en suma, esa inmediatez del engaño acompañan todas las manifestaciones de una vida de esa especie. Ni la casa, ni el paso, ni la indumentaria, ni la tinaja de barro descubren que ha sido la necesidad la que los ha concebido: parece como si en todos ellos hubiera de expresarse una felicidad sublime y una serenidad olímpica y, en cierto modo, un juego con la seriedad. Mientras que el hombre guiado por conceptos y abstracciones solamente conjura la desgracia mediante ellas, sin extraer de las abstracciones mismas algún tipo de felicidad; mientras que aspira a liberarse de los dolores lo más posible, el hombre intuitivo, aposentado en medio de una cultura, consigue ya, gracias a sus intuiciones, además de conjurar los males, un flujo constante de claridad, animación y liberación. Es cierto que sufre con más vehemencia cuando sufre; incluso sufre más a menudo porque no sabe aprender de la experiencia y tropieza una y otra vez en la misma piedra en la que ya ha tropezado anteriormente. Es tan irracional en el sufrimiento como en la felicidad, se desgañita y no encuentra consuelo. ¡Cuán distintamente se comporta el hombre estoico ante las mismas desgracias, instruido por la experiencia y autocontrolado a través de los conceptos! Él, que sólo busca habitualmente sinceridad, verdad, emanciparse de los engaños y protegerse de las incursiones seductoras, representa ahora, en la desgracia, como aquél, en la felicidad, la obra maestra del fingimiento; no presenta un rostro humano, palpitante y expresivo, sino una especie de máscara de facciones dignas y proporcionadas; no grita y ni siquiera altera su voz; cuando todo un nublado descarga sobre él, se envuelve en su manto y se marcha caminando lentamente bajo la tormenta.

jueves, 26 de enero de 2012

2º de Bachillerato: Descartes: Antropología y ética



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R, Descartes (Retrato de Frans Hals)


  ANTROPOLOGÍA CARTESIANA

La antropología que propone Descartes es dualista, ya que distingue en el hombre entre el alma (inmortal, porque siendo pensante es simple, indivisible, y no puede cambiar, ni perecer) y el cuerpo (una máquina compleja, construida por Dios, que se caracteriza por su extensión). Ambas partes del hombre son independientes, y no necesitan la una de la otra para existir.
La separación que establece Descartes entre estos dos aspectos del ser humano plantea el problema de la comunicación entre el alma y el cuerpo, que este filósofo resuelve a través de la glándula pineal, situada a la base del cerebro, la cual pone en contacto ambas sustancias a través de los denominados “espíritus animales” (unos corpúsculos materiales ínfimos que, circulando por el interior de los nervios y el cerebro, comunican éste con los músculos).
En base a este dualismo, Descartes construye su teoría de las pasiones del alma, que están causadas por el cuerpo, sin intervención de la voluntad, pues proceden de los movimientos del corazón, la sangre y el sistema nervioso. Las pasiones, a su juicio, son emociones del alma causadas por el cuerpo. Distingue seis emociones primitivas en el hombre, que oscilan entre lo fisiológico y lo psicológico: admiración, amor, odio, deseo, alegría y tristeza; luego, esas pasiones se combinan entre sí, produciendo otras más complejas.
Descartes señala que el hombre puede controlar sus pasiones, modificando las condiciones físicas que las producen. Si dominamos las pasiones, dominaremos el cuerpo; y esto puede hacerlo el hombre, primero, porque dispone de libre albedrío, cualidad que le hace muy superior a los animales (pues las bestias están impulsadas por pasiones que no pueden cambiar), y segundo, porque, mediante su razón puede clarificar sus ideas, para evitar equivocarse al elegir.
Un hombre dotado de una voluntad orientada por ideas claras y distintas, obtenidas mediante la aplicación de un método de razonamiento adecuado, y una serie de reglas que le ayuden a dirigir bien su espíritu, estará en condiciones de controlar mejor sus pasiones, pudiendo así elegir más racionalmente y disfrutar de un mayor grado de libertad.


Descartes, enseñando filosofía y matemáticas a la reina Cristina de Suecia


ÉTICA CARTESIANA

Una vez demostrada la existencia del mundo exterior, y analizada la composición del hombre en alma y cuerpo, ¿Cómo ha de comportarse el hombre en el mundo para vivir bien y alcanzar la felicidad? La respuesta se encuentra en la moral, que para Descartes supone el grado más alto de la sabiduría.
Antes de formular el método y descubrir la verdad, Descartes sostiene que el hombre ha de aplicar una moral provisional, que, básicamente consta de tres máximas, encaminadas a garantizar una conducta prudente y evitar problemas en la vida: 1ª) Adaptarse a las costumbres y leyes del país donde se vive; 2ª) Ser firme y resuelto en las acciones que uno resuelve emprender; y 3ª) No intentar alterar el orden del mundo, ni desear lo imposible (hacer de la necesidad virtud).
Pero esta ética, una vez hallado el Cogito y conocida la existencia de Dios, ha de ser sustituida por una auténtica ética filosófica, más sólida y mejor fundamentada, que en Descartes es una moral del buen juicio.
El centro de la ética cartesiana es la libertad del sujeto, el libre albedrío de la voluntad, que es lo que asemeja al hombre a Dios y le diferencia de los animales.
Según Descartes, el hombre es tanto más libre cuanto más fuerte es su alma, es decir, cuanto más ejerce el autodominio, controlando las pasiones del cuerpo, y encauzándolas adecuadamente, mediante su razón, hacia el bien.
Descartes cree por consiguiente, que la auténtica libertad se obtiene, no cuando uno se deja llevar por la fuerza ciega y oscura de las pasiones, sino cuando la voluntad libre es iluminada por la razón y el conocimiento de ideas claras y distintas. De este modo, la clave de la ética cartesiana es juzgar bien: quien conoce la verdad, no puede dejar de actuar correctamente; en cambio, el mal procede de las pasiones que, con sus ideas oscuras y confusas enturbian la mente del sujeto y le hacen actuar mal.
El autodominio se expresa a través de la virtud más perfecta que es la generosidad. Se trata de una virtud que garantiza la máxima felicidad y la mayor alegría para el sujeto, pues gracias a ella es consciente de que valiéndose de su razón, es capaz de dominar sus pasiones más bajas y viles (como el orgullo y el egoísmo), renunciando a aquellos bienes externos que coartan su libertad.
Asimismo, es esta virtud la que garantiza la conservación de la sociedad, porque un gobierno justo es siempre aquel en el que el gobernante se muestra más razonable, ejerciendo el poder con generosidad, legitimidad y justicia.
En el control de las pasiones ejercido por la virtud juega un papel importantísimo la glándula pineal: como es ella la que pone en contacto el alma con el cuerpo, el alma sufre cuando recibe a través de dicha glándula la influencia de las pasiones que de él proceden; pero el alma puede mostrarse también activa, dominando tales pasiones, cosa que logra transmitiendo a través de la glándula pineal las órdenes que dicta la razón a los músculos del cuerpo. Por consiguiente, para alcanzar un comportamiento éticamente virtuoso, es menester cambiar la orientación de la glándula pineal, y habituarse a que el alma (la razón) mande sobre el cuerpo (las pasiones).

Texto: Manuel Pérez Cornejo

martes, 17 de enero de 2012

1º de Bachillerato: Domental e información sobre Eugenio Trías


“En filosofía es muy importante la impronta de creación personal que uno puede imprimir a lo que quiere significar y decir”. Quien así habla es el catedrático de filosofía Eugenio Trías (Barcelona, 1942), protagonista del programa “Pienso, Luego Existo”, emitido por la 2 de TVE:
Trías, que acumula varios Doctorados Honoris Causa por varias Universidades, es una de las figuras más importantes de la filosofía actual, y en el programa, además de repasar su trayectoria personal, se profundiza en algunas de las esencias de su obra, como el concepto de límite, central en su corpus teórico.
 
EL SER COMO LÍMITE

De hecho, en el programa el editor Arash Arjomandi, nos ayuda a desentrañar ese concepto primordial de la obra filosófica de Trías: “Toda la historia de la filosofía occidental se puede resumir en la pregunta: ¿qué es el ser? Pues bien, Eugenio Trías dice ‘ese ser que siempre se ha buscado es en realidad una franja, un límite’”, para resaltar, finalmente, que “el ser, el ser mismo, el hecho de ser, es un límite que une y separa lo conocido y lo desconocido”.
Durante el programa, Trías explica que la motivación que le llevó a este concepto fue el diálogo con la ciencia y, en concreto, con la teoría de la relatividad de Einstein. Pero no solo desentraña su concepto de límite: también explica por qué cree necesario volver a pensar “como necesidad” el ámbito de relación con lo sagrado, algo que, reconoce, ha dado un giro importante a su obra.
Todo ello lleva a que su amigo el también filósofo Rafael Argullol lo defina como un hombre “muy estimulante intelectualmente”, al tiempo que “muy divertido”. Y apunta como hecho a destacar que es el único filósofo español que en la mitad del siglo XX ha querido realizar “una arquitectura personal”.

AMOR POR LA MÚSICA

El director de orquesta Xavier Güell, amigo del filósofo, también interviene en el programa para explicar la importancia de los dos últimos publicados por el pensador, el díptico formado por “El canto de las sirenas” y “La imaginación sonora”, un amplio y profundo estudio en clave filosófica de la obra de los grandes compositores de la música clásica y contemporánea. Una amistad que nació, precisamente, por el “amor compartido y absolutamente verdad y bestial con la música”.
A él le gustaría escribir, según confiesa en el programa, un libro sobre cine, analizando los creadores con los que se encuentra más en sintonía: Fritz Lang, Hitchcock, Kubrick, Mankiewicz, Orson Welles, Coppola, David Lynch, … etcétera.
Trías subraya también que mantiene la línea de la Ilustración de tener sentido crítico, y regala al espectador algunas sentencias como que “las contradicciones o nos matan o son el signo máximo de la vitalidad” o que “la muerte es un enigma; sin solución además, no hay solución posible”.
Y, desde luego, nos deja su concepto de filosofía, un concepto que pasa por dar un sentido a aquellos enigmas de la vida que más nos aturden, o nos llenan de asombro y de consternación, que hace interrogar algo que no es ajeno. Y es que, para el filósofo catalán, “nada inhumano nos es ajeno, nos es cercano, nos es próximo, y está en las mismas raíces de corazón y cerebro de las que todos participamos. Con lo cual no quiere decir que tenga uno que aceptar de manera resignado aquello que justamente debe producirle indignación”.
Para ampliar información, puede consultarse el sitio Web sobre Eugenio Trías: http://eugeniotrias.com/, y sobre la relación entre los simbolos y la muerte en el pensamiento de Trías: http://www.bib.uia.mx/tesis/pdf/014934/014934_03.pdf

viernes, 13 de enero de 2012

La crisis, dilucidada (y 2): Ellen Hodgson Brown y la "telaraña de la deuda"

Ellen Hodgson Brown es una abogada y periodista radicada en Los Angeles, Estados-Unidos, especialista en cuestiones monetarias. Es además autora de numerosos libros de su especialidad. En su publicación más reciente "In Web of Debt: The Shocking Truth About Our Money System and How We Can Break Free"  (En la red de la Deuda: La chocante realidad acerca de nuestro sistema monetario y como podemos liberarnos), muestra los mecanismos acerca de como un "cartel" de bancos privados ha usurpado a la gente el poder de crear dinero y cuales son las vías de las que los pueblos pueden valerse para recuperarlo. Sitio web: www.webofdebt.com




En el citado libro, Brown explica claramente cómo se produce a diario el mayor fraude de la historia de la humanidad y cómo ocurrió que  pasó el control de la creación del dinero de manos de los gobiernos y reinos a los bancos privados (y bancos centrales, que son comités de grandes bancos privados).
En los siguientes puntos (que coinciden con el análisis realizado por otro autores, como D. Icke, o Naomi Klein, y que tomo del blog "Trinity a tierra") queda resumido su análisis de las causas bancarias de la crisis actual:

1. Los bancos, los centrales y los comerciales crean dinero de la nada diariamente.

Un congresista de los años 30 en Estados Unidos, feroz enemigo del enorme poder de los grandes bancos, Wright Patman escribió:
“La Reserva Federal (el banco central de USA) es una completa máquina de hacer dinero. Puede emitir dinero o cheques. Y nunca tiene el problema de emitir cheques sin fondos porque puede obtener los billetes de cinco y diez dólares necesarios para cubrirlos simplemente pidiéndole a la oficina de Grabado e Impresión del Departamento del Tesoro que los imprima.”

 2. El dinero que dan los bancos cuando prestan (al gobierno o a las empresas y particulares) no está en sus reservas. No ha llegado a ellos vía otros depositarios, sino que lo crean al instante por medio de un registro contable, una entrada.

En un testimonio ante el Comité de Banca y Moneda de la Cámara de Representantes en 1935 Marriner Eccles, Director de la Junta de la Reserva Federal entonces reconoció:
“Con las ofertas de adquisición de bonos del gobierno, el sistema bancario en su conjunto crea nuevo dinero, o depósitos bancarios. Cuando los bancos compran mil millones de dólares en bonos del Goierno que se ofrecen (…) los bancos acreditan la cuenta de depósitos del Tesoro con mil millones de dólares. Ellos debitan su cuenta de bonos al Gobierno con mil millones de dólares, o más bien, por medio de una entrada contable, crean mil millones de dólares”.
Eso quiere decir que los bancos, cuando te prestan dinero, no te prestan el que depositó otra persona en su momento, sino que en ese mismo instante, cuando te van a prestar, después de haber puesto tú tu casa o tus pertenecias como aval tangible para la transacción, CREAN UNA ENTRADA CONTABLE para ese préstamo con dinero que básicamente acaban de crear de la nada.

 3. Básicamente lo que los bancos hacen es convertir la deuda en dinero, de forma que podemos llamarlo “dinero-deuda”.

El convertir títulos del Tesoro (o deuda) en “dinero” (billetes) se llama “monetizar” la deuda. El gobierno le debe entregar este dinero al banco central europeo (en el caso de España, por ejemplo) aunque el mérito de éste no ha sido otra cosa que entregar papel impreso.
4. Por cada 10.000 euros que deja un depositario en un banco el banco puede prestar el 90% de esta cantidad o 9000 euros; luego el sistema bancario  presta el 90% del segundo depósito de ese dinero (casi todo el mundo deja el dinero en el banco o pide prestado al banco) y asi sucesivamente hasta que la suma total generada por el sistema en su conjunto es 10 veces el depósito inicial o 100.000 euros en el conjunto de los bancos. A esto los bancos le llaman “expansión del dinero” . Cuando los bancos reciben 1 millón de euros en depósitos, pueden prestar 9 millones de euros en fondos generados por ordenador. El requisito de “reservas” (un 10% de la cantidad prestada) se va eliminando gradualmente por lo que el múltiplo en realidad es mucho mayor.

5. Las enormes sumas de deuda de todos los países no serán jamás pagadas, ni nunca son pagadas. Los gobiernos únicamente pagan los intereses.

El dinero que crean los bancos es dinero deuda porque aunque ellos crean el dinero que prestan, no crean los intereses necesarios para pagar la deuda por lo tanto  no hay suficiente dinero en el sistema completo para repagar todas las deudas. Es como el juego de las sillas, 3 sillas y 12 personas, 8 se quedarán sin sentar necesaria y obligatoriamente. El sistema está pensando para que exista deuda necesariamente. En los años 80, las autoridades declararon abiertamente que “los déficits no importan” y simplemente, entonces y ahora, dejan crecer la deuda. Nadie espera que la deuda sea pagada, porque NO PUEDE ser pagada.

6. Los bancos se lucran del pago de los intereses por medio  del impuesto sobre la renta.

Un informe emitido por la Comisión Grace durante la era de Reagan llego a la conclusión de que la mayoria de los ingresos por impuestos de renta, van solamente a pagar los intereses de la creciente deuda del gobierno de USA. De hecho, se creó el impuesto para tal fin. Cuando el impuesto federal sobre la renta fue instituido en 1913 toda la recaudación de impuestos fue enviada directamente a la Reserva Federal. El informe concluyó: “Todos los ingresos por impuestos sobre renta de particulares se van antes de que un solo centavo se gaste en los servicios de los contribuyentes esperan de su gobierno“. De hecho, el cartel bancario forzó que se aprobaran impuestos sobre la renta para asegurarse el cobro de los intereses de la deuda de los gobiernos, el capital nunca se paga y de hecho crece de año en año para todos los países. La pregunta del millón es ¿si todos los paises deben dinero? ¿a quién se lo deben?. La respuesta es sencilla: gracias al fraude financiero, a los bancos centrales y al sistema bancario en su conjunto pues ellos tienen el control sobre la emisión del dinero.

7. No es cierto que si aumenta la oferta monetaria y hay pocos bienes, aumenta la inflacción.

Eso es lo que dice la teoría cuantitativa del dinero. Dice que si al gobierno se le permite emitir todo el dinero que necesita, la oferta monetaria aumenta más rápido que los bienes y servicios y los precios suben. Otra máxima clásica es la de que el gobierno debe equilibrar los presupuestos a toda costa y si tiene poco dinero debe pedirlo prestado a los bancos. Aquí hay una falacia clara que consiste en que ese dinero que los bancos prestan NO EXISTE DE ANTEMANO luego el argumento se derrumba porque la oferta monetaria aumenta igual, tanto si el dinero lo crea el gobierno, como si lo crean los bancos, con la ventaja de que si lo crea el gobierno los contribuyentes no asumen la deuda ni el pago de intereses. Si la oferta de dinero aumenta junto con la demanda de bienes y servicios los precios permanecen estables como lo demuestra el caso de China.

8. En otros momentos de la historia, ser “revolucionario” implicaba reclamar lo más importante para un país: el control sobre quién emite la oferta monetaria. Hoy en día, ningún partido político, ninguna plataforma social, nadie en la sociedad reclama lo más importante para recuperar la independencia económica de una nación y de sus empresas y ciudadanos: emisión del dinero sin deuda por parte de un gobierno o instituciones públicas. Esto es gracias a que el cartel bancario ha estado empleando ingentes sumas de dinero para comprar la educación de la gente y controlarla, además de medios de comunicación, “expertos” y gurús económicos que devuelven a la gente las falacias aprendidas en las universidades creadas por los banqueros. Otro punto importante, ha sido crear un lenguaje absolutamente opaco para la gran parte de la gente, una forma de ocultar un fraude y una usurpación indebida de los bienes de todo el mundo. Alan Greespan, máximo responsable de la Reserva Federal de Estados Unidos por 18 años y ex director de la banca Morgan dijo una vez: “si digo algo con extremada claridad y contundencia, significa que no me han comprendido correctamente”.

9. Los gobiernos deberían emitir su propio dinero o equivalente sin tener que pagar a los bancos los intereses por ese dinero que los bancos han creado al instante para cubrir el préstamo. Esa forma se ha utilizado varias veces en la historia, en tiempos de guerra o en situaciones de crisis. La economía siempre ha respondido de forma extremadamente positiva a este cambio porque aumentar la masa monetaria permite que las infrastructuras se renueven, pagar salarios a empleados públicos y eso estimula necesariamente cualquier economía.

10. Si las naciones emitieran su propio dinero, la economia sería algo estable y no habría recesiones , ni depresiones, que son causadas por los propios bancos cuando, cada cierto tiempo, deciden aumentar o disminuir la masa monetaria, aumentando el precio de los interess a pagar por el dinero que crear DE LA NADA así como las condiciones para conseguirlo.

11. A lo largo de la historia se ha ido eliminando a los opositores a este global sistema de usura, estableciendo un sistema de adoctrinamiento de masas que impide que la gente entienda que la clave está en QUIEN EMITE EL DINERO y cómo funciona el sistema, pagando a millones de serviciales periodistas, expertos en economía, medios de comunicación que contribuyen a mantener la mentira en marcha.

12 Sistemas de derivados, venta en corto (verder acciones que NO LES PERTENECEN y ni siquiera sus dueños saben que están siendo empleadas para tal fin) un numero indeterminado de veces, así como la posibilidad de la banca de inversión de comprar negocios, corporaciones, monedas de naciones que previamente han sido devaluados por ellos en bolsa, todo ello ha permitido que las ganancias del cartel bancario en los últimos 30 años se mulitpliquen por millones. Hoy por hoy, no existe límite a sus tácticas usureras y de latrocinio.

Hoy en día, como en los años 30 que siguieron a los “locos años 20″ (donde el crédito se daba fácilmente y el dinero era “barato”), todos podemos ver los efectos alrededor. Los controladores del cartel bancario han cortado el grifo porque ha llegado el momento para ellos de quedarse con el dinero producido por la gente, con su tiempo, con las tierras, con las casas y con toda la riqueza existente.

domingo, 8 de enero de 2012

Música iniciática: Fernando Sor y sus variaciones sobre "La Flauta Mágica" de Mozart, Opus 9

   Si bien no hay constancia de su pertenencia a ninguna logia masónica, el catalán Fernando Sor (1778-1839), conocido como el "Beethoven de la guitarra", debió iniciarse en el mundo masónico durante la ocupación francesa de España, pues contaba con numerosas personas que le apoyaron adscritas a la masonería. Sus ideales quedan recogidos en las variaciones y aires sobre la opera La Flauta Mágica de Mozart (compuestas hacia 1821), compendio, y suma de la simbología iniciática francmasónica ilustrada, que siempre es una delicia escuchar. Os  ofrezco dos versiones: la de Andrea Dieci y la del maestro Andrés Segovia.